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Cuáles son las diferencias entre los países
¿Está maldito un país productor de materias primas y recursos naturales en términos de crecimiento y calidad de vida de su población? ¿Es cierto aquello de que "cuanto más peor"? ¿Es la falta de recursos lo que incentiva a los países a aguzar el ingenio y desarrollar actividades alternativas, mientras la abundancia de recursos genera una tendencia a la "vagancia" intelectual y productiva? En la vieja metodología popperiana de la ciencia, basta un contraejemplo para destruir una teoría. Y, lamentable, o afortunadamente hay muchos, como el de la comparación entre Venezuela, Nigeria y Noruega. Este último encontró petróleo recién a principios de la década del 70. Hasta ese entonces era un país pobre, perdido en el frío norte europeo. Hoy, Noruega está a la cabeza de la mayoría de los índices de desarrollo humano, en medio de una sociedad opulenta y equitativa. ¿Se puede decir lo mismo de Venezuela o Nigeria? ¿Acaso el petróleo venezolano vale menos que el noruego? Una respuesta es la que obtuvieron tres economistas de esa nacionalidad, Mehlum, Monee y Torvik en un trabajo que tiene la respuesta buscada en el título: "¿Malditos por los recursos o por las instituciones?" Sí, efectivamente, la gran diferencia entre Venezuela y Noruega, no es el precio, ni la calidad del petróleo, sino sus instituciones. Lo que prueban estos académicos es que países con recursos naturales abundantes y buenas instituciones jurídicas, políticas, etc, que favorecen a los que producen y que castigan a los "arrebatadores de rentas" son ricos y exitosos. Mientras que países que, pese a su abundancia de recursos naturales carecen de dicha calidad institucional, son pobres y desiguales a pesar de su abundancia de recursos naturales. Ahora, ¿qué pasa si se piensa en Australia, Canadá, Nueva Zelanda y la Argentina? Parece ser que allí también la respuesta no está en la abundancia de recursos o en su ausencia, sino en la calidad de las instituciones, las que, a su vez, se derivan de la calidad de las sociedades que las diseñan y ponen en práctica. Y esto viene a cuento con el tema de la carne y la prohibición de exportar. Está claro que para el presidente Kirchner, la Argentina está frente a "la maldición de la carne vacuna", ya que los argentinos comen carne, mucha carne, y el mundo hoy demanda carne a precios internacionales crecientes. Por otra parte, él entiende claramente que el problema es un desequilibrio entre oferta y demanda. Pero resulta que el precio de la carne vacuna tiene casi 5 % de ponderación en el Indice de Precios al Consumidor y la carne, en su conjunto, más de 7 %. A la vez, Kirchner necesita bajas tasas de inflación para convencer a los sindicalistas que pidan aumentos salariales moderados. Por eso, que la demanda supere a la oferta y presione sobre los precios le resulta "intolerable". Es cierto que hay temas vinculados con la comercialización de la carne y seguramente habrá algunos "pícaros". Pero no es menos cierto que también había medias reses y pícaros hace dos años y el precio de la carne no era entonces un problema. Hoy es un problema, porque la demanda internacional, ausente durante mucho tiempo en la Argentina, por distintas razones, ha crecido fuertemente. Está claro que para contener la demanda y los precios, el Presidente pudo haber optado por restricciones al consumo interno. Sin embargo, prefirió una medida mucho más popular, prohibir la exportación. Pero esta prohibición, que tiene un efecto sobre el precio, tiene un dramático efecto "institucional" que ha sido peligrosamente subestimado, no sólo porque el Presidente toma una medida que ha pasado la raya de su heterodoxia, sino por la sociedad argentina en general. La clase política, con honrosas excepciones, y además los empresarios o han aplaudido esta medida o la han dejado pasar con un fuerte silencio cómplice. El daño a la condición de la Argentina como exportador de alimentos y materias primas en particular, o de otros productos en general, ha sido enorme. Ya había sufrido un golpe importante ante el cierre del mercado de gas a Chile en 2004 o el de electricidad al Uruguay. Y ahora, de hecho, es probable que, cuando se reabra la exportación, si finalmente se reabre, los productos argentinos sufrirán un "castigo" en el precio, por incertidumbre de abastecimiento. Y es imaginable, además, las explicaciones que estarán dando otros exportadores argentinos a sus clientes diciendo "quedate tranquilo que lo que yo vendo no entra en el Indice de Precios o tiene baja ponderación, así que no corre peligro". Que un Presidente pueda decidir, sin ningún tipo de limitaciones, qué se exporta y que no, quién gana y quién pierde, quién vive en materia económica y quién muere, en un país que no está en guerra, que viene creciendo al 9 % anual por tres años consecutivos y que tiene recursos fiscales suficientes como para subsidiar a sus clases medias o altas es ciertamente preocupante. Sobre todo, mirando las decisiones de inversión de mediano y largo plazo y a la inserción internacional de la Argentina.
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