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OPINION
Recaudación, deuda y estadísticas equívocas Argentina superó una de sus principales dificultades macroeconómicas. Su problema fiscal. Después de décadas donde cada gobierno que administraba el país gastaba por encima de lo que recaudaba, en los últimos tres años se hizo un avance sin precedentes: se mantuvo el gasto relativamente contenido frente a una recaudación que creció y seguirá creciendo vigorosamente en 2005. Pero si se pretende que esa tranquilidad fiscal perdure, no hay que sentarse a festejar por la capacidad de recaudación que está mostrando la economía. Es momento de reflexionar y actuar. Resulta ilógico que cuando miles de millones ingresan a la AFIP permitiendo un notable ahorro fiscal, se obligue a las empresas, a través de prácticas agresivas (como el embargo de las cuentas corrientes), a adherir a un régimen de pago ''asfixiante'' como el RAFA para regularizar sus deudas fiscales. Las empresas deben resolver sus deudas atrasadas. Pero a través de mecanismos que contemplen su capacidad de pago y sus niveles de ventas. Y al mismo tiempo, hay que replantear el sistema tributario. Las deudas fiscales que hoy agobian a las empresas, son consecuencia de un sistema impositivo que tiene todo por mejorar. De un sistema tributario que hoy recauda y recauda, pero a través de impuestos como el denominado ''cheque'' o el ''no ajuste por inflación'' que asfixian a los empresarios más chicos y alienta la evasión. El año pasado se recaudó el doble que en 2001, pero si quitamos el efecto inflacionario y dos impuestos extraordinarios como son cheque y retenciones, en 2004 los ingresos impositivos sólo crecieron 0,1 % versus 2001. Por ello, hablar de récord de recaudación no tiene demasiado sentido. Más útil sería aprovechar la holgura fiscal para plantear una reforma tributaria que aliente el desarrollo productivo y mejore la distribución del ingreso. Las estadísticas económicas siempre abren debates. Dependiendo de cómo se prefiera medir, de cómo se las quiera interpretar o cómo se las quiera ajustar, se puede llegar a conclusiones completamente opuestas. Se puede decir que la recaudación creció o que la recaudación cayó. Que la producción fue mayor, o que la producción fue menor. Que el desempleo está resuelto o que es tan grave como antes. De acuerdo con la Dirección de Investigaciones Fiscales, en 2004 la recaudación nacional fue $ 99.908 millones que sumados a la recaudación de las provincias ($ 17.565 millones), se logró una recaudación de $ 117.473 millones. Ese monto significa un aumento de 109 % con respecto a lo que Nación y Provincias recaudaron en 2001. Pero si no existieran ni el impuesto al cheque, ni las retenciones y hubiera estabilidad de precios, la recaudación total del año pasado sería solamente $ 53.403 millones y estaríamos frente a nuevas cifras de recaudación: con respecto a 2001 habría crecido 0,1 %, pero sería 15,1 % menor a la de 1998. Analizar la recaudación de esa forma, tiene una razón. Es que a pesar de su excelente rumbo, es evidente que hay que discutir cambios profundos en el esquema tributario. La recaudación es uno de los pilares para obtener una economía más desarrollada y más justa. Pero ese pilar está distorsionado por una inflación que avanza y se impiden los ajustes que hubieran correspondido; por un esquema de moratoria como el RAFA que hace imposible a las empresas regularizar sus deudas atrasadas y las deja fuera del sistema financiero; por un impuesto como el que se aplica sobre los débitos y créditos por cuenta corriente que explica 8 % de la recaudación, pero desalienta la bancarización, y eleva el costo financiero de las empresas que utilizan las cuentas corrientes para sus operaciones cotidianas.
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