Jueves 6 de mayo de 2004
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  OPINION
La Argentina y el valor del dólar
POR OSVALDO CORNIDE





En las últimas semanas se han sumando opiniones de los economistas de la ortodoxia —de afuera y de adentro del país— recomendando la apreciación de nuestro peso. Sugieren que en el presente escenario, caracterizado por una importante oferta neta de dólares originados en el comercio exterior, el gobierno deje de intervenir comprando divisas para sostener su valor y que sea el mercado el que fije la paridad de equilibrio. A la hora de argumentar a favor de esta iniciativa destacan la incidencia favorable que ello tendría sobre la capacidad adquisitiva de los salarios ya que si el dólar baja también bajarían los precios de consumo.

Antes de evaluar el significado de esta propuesta no puedo dejar de señalar que causa sorpresa que precisamente los economistas neoliberales, que a lo largo de la década pasada reclamaron la creciente flexibilización de las leyes laborales que provocaron la baja de las remuneraciones y la precarización del trabajo, que defendieron a rajatabla la ficción del uno a uno que condujo a la desindustrialización y destrucción del empleo nacional, que acompañaron los sucesivos ajustes fiscales que acentuaron la debilidad de nuestra demanda interna, hoy muestren preocupación por los salarios.

En este punto es necesario advertir que la realidad se ha encargado de demostrar la falacia del argumento de que la baja del dólar conduce linealmente a una disminución de los precios internos. En efecto, en una economía que se caracteriza por una estructura productiva fuertemente oligopolizada y además sesgada hacia la exportación de materias primas y commodities industriales, el proceso de formación de precios se encuentra muy distorsionado, ya que los precios de los insumos y alimentos tienden a acompañar al dólar cuando sube pero no cuando éste baja. Así se verifica que a partir de enero de 2003, cuando se inicia el ciclo descendente del tipo de cambio, hasta marzo de este año el dólar cayó un 17 % mientras que los precios de los alimentos y bebidas crecieron el 5,8 % y los productos industriales el 6,5 %.

Lo cierto es que detrás de esa falaz argumentación a favor de los salarios que esgrimen los economistas de la ortodoxia se esconde el verdadero objeto de su propuesta por abaratar el dólar: garantizar mayores transferencias en concepto de servicios financieros hacia el exterior. En efecto, con un tipo de cambio más bajo se podría comprar con el mismo superávit primario más dólares para pagar a los acreedores externos, así como también las empresas trasnacionales podrían girar al exterior mayores montos en concepto de utilidades y dividendos. Una vez más la prioridad pasaría por viabilizar una mayor sangría de recursos hacia el exterior desentendiéndose de sus consecuencias sobre la economía real.

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