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OPINION
Si la Carling Cup se jugara en Argentina...
Claudio Aisenberg
Especial para La Razón
Ya es conocida la noticia. Un partido de la segunda ronda de la Carling Cup inglesa entre Nottingham Forest y Leicester City se canceló cuando el defensor Clive Clarke, del primero de los equipos mencionados, sufrió un problema cardíaco. Nottingham ganaba 1 a 0. A jugar de nuevo tres semanas después, entonces. Al entrenador y el plantel de Leicester les pareció injusto que se volviera atrás con el marcador 0 a 0. Resolvieron dejarse hacer un gol, se lo comunicaron a sus rivales y eligieron al arquero del Forest para que lo anotara. Así, Paul Smith avanzó sin oposición y convirtió a los 23 segundos. Al final, Leicester se impuso por 3 a 2 y en Inglaterra se saludó el gesto en forma unánime. Yes, fair play.

¿Qué ocurriría ante un hecho similar en la Argentina? Muchos, muchísimos, destacarían la grandiosa decisión. Pero en el escenario de este fútbol doméstico, un fútbol en el que no son pocos los que aplauden a los ventajeros incurables, también es posible imaginar distintos escenarios:

A barras aplicando sus métodos de intimidación y reclamando un destierro para sus jugadores.

A algunos hinchas comunes sumándose al coro de los delincuentes de la tribuna.

A algún dirigente en desacuerdo, a media voz, eso sí, pero con la lengua suelta para desparramar palabras filosas entre bambalinas.

A patoteros con micrófono a disposición, supuestos comunicadores, bajando línea de que el fútbol es una selva en la que el poderoso debe eliminar al débil.

A fogoneros de grandilocuentes debates televisivos, esas parodias en las que todos gritan y a nadie se escucha (por suerte, podría agregarse), instalando la polémica porque sí.

A voces oportunistas sosteniendo que se practica un deporte para ganar y que por ningún motivo puede aceptarse que un equipo se deje hacer un gol.

A rapaces abogados iniciando acciones legales en nombre de vaya a saberse qué damnificados.

A funcionarios lanzados a opinar para conseguir vidriera mediática, no importa qué sandeces digan.

A panelistas de programas de chimentos aprovechando para buscar el costado morboso del episodio, "lo que nadie dijo".

A generadores de suspicacias, hábiles para inducir a la sospecha y avivar la hoguera, sin datos ni pistas firmes, por supuesto, pero eso qué importa.

Menos mal que muchos, muchísimos, todavía caminan por la vereda de la sensatez. ¿Quién dijo que todo está perdido?