Miércoles 8 de marzo de 2006
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  MIRADAS
La destitución es reflejo de mucho más que Cromañón

Luis Sartori. De la redacción de La Razón


Catorce meses después del desastre de Once, Aníbal Ibarra fue destituido porque dirigió la Ciudad durante seis años a la cabeza de un gobierno anodino y porque —encima— nunca enhebró alianzas políticas firmes en el distrito electoral más influyente, difícil e inestable de la Argentina. Cromañón fue el detonante, apenas la excusa para echarlo bajo las formas de la democracia.

No lo hizo una Legislatura perfecta: nunca alcanzó a asegurarle a la gente garantías de que habría un juicio justo, al punto de que las encuestas terminaron dando una mayoría a favor de la continuidad de Ibarra. A su alrededor hubo intrigas, intolerancia, dosis infaltables de violencia y extorsiones. Extrañamente, ayer pareció el día más limpio: una brisa de transparencia y autonomía rodeó algunos de los votos.

También los familiares —penando con su dolor intolerable— se transformaron en actores políticos de primer nivel en los cuatro meses que duró el juicio político. Pero saben que acaban de pasar, apenas, una estación de su largo calvario.

La destitución del hasta ayer jefe de Gobierno golpea, en alguna proporción, al Gobierno nacional. Néstor Kirchner sostuvo contra viento y marea la reelección de Ibarra en el 2003 contra Macri y, después de Cromañón, tuvo una conducta sinuosa que desembocó en la nada monolítica conducta de su bloque de tres, ayer, en la definición: había tres opciones y cada kirchnerista votó una cosa diferente. Es, a la vez, una señal de alerta para la Casa Rosada, en un distrito que amaga con ser inmanejable ante rivales (Macri, Carrió) que ahora se afilan las uñas a la espera de la elección del año próximo.

Pero algo anda al revés en esta sociedad si el primero en pagar por las muertes es Ibarra y no quienes aparecen como los responsables directos: el empresario Omar Chabán, que toleró transgresiones graves dentro de su boliche; la policía, que hizo notoriamente la vista gorda a las infracciones del local; y el grupo Callejeros, que alentaba con irresponsabilidad el uso de bengalas en sus shows en lugares cerrados. La Justicia continúa a paso aletargado con el análisis de sus respectivas responsabilidades, y eso no es alentador.

Este impacto político de marzo no produce vacío institucional aunque debilita a las instituciones, ya con poco crédito. Y se suma a la larga crisis política porteña. Esa crisis tiene consecuencias: este Estado, incapaz de prevenir desastres.

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