Viernes 27 de mayo de 2005
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  Astrada necesita una lección de bandoneón





El Negro Astrada pidiéndole la hora a grito pelado al árbitro no es una imagen decorosa que digamos, pero también habrá que entenderlo. River no ganaba un partido desde hace un mes y dos días, con lo que ello supone de malestar, bronca y afines tratándose de una camiseta importante. Para colmo, la última derrota había sido en la Bombonera, con los agravantes imaginables: casi una despedida del título local más los naturales festejos de los otros colores dominantes en el país de los argentinos. Ese traspié el domingo pasado y los segundos finales de anoche con Liga Deportiva Universitaria de Quito puesto a un gol de diferencia en la suma de los dos partidos, explican los aullidos del DT. No sólo River corría el riesgo de quedar eliminado, también estaba en juego su propio sitial en el banco. ¿O alguien lo pone en duda?

Noche de matices en el Monumental. No jugó mucho mejor que contra Boca, sí fue distinto el resultado, cosa que se explica fácil: el cuadro ecuatoriano dio en defensa las ventajas que no le había dado el equipo del Chino Benítez. Por el resto, una sensación parecida: River es más cuando ataca que cuando defiende. Y no se trata de grandes jugadores de media cancha hacia adelante y mediocridad hacia atrás. No, para nada. Es un tema táctico. Cuando River va hacia el arco rival se despliega demasiado sobre el terreno, ocupa casi toda la cancha. No achican bien los del fondo y no retrocede como se debe cuando el adversario el que tiene la pelota. Un prócer de River, de quien se dijo que había sido el mentor de la "Máquina", se trata de Renato Cesarini, hace más de medio siglo hablaba de fútbol con movimientos de bandoneón: cerrarlo para defender y abrirlo con cuidado para atacar. Que se sepa, el Monumental sigue teniendo las mismas medidas y siempre son once contra once. Se trata, entonces, de rescatar conceptos.

Tampoco es necesario que Astrada haga un viaje por internet o busque en archivos de revistas famosas en aquel tiempo. Si escuchó con atención las charlas técnicas del chileno Manuel Pellegrini, algo le tiene que haber quedado. El DT de Villarreal de España, que se fue mal de River, vapuleado quizá sólo por no ser hombre de la casa, tenía y tiene muy claro eso de achicar atacando y achicar defendiendo.

La noche dejó también la mejor actuación Marcelo Salas en lo que va del año. Joya, pero joya en serio, la manera en que paró la pelota de derecha, en el aire, para darle de izquierda con el cuerpo arqueado, cosa de no levantar mucho la pelota. Fue un golazo desde fuera del área, de esos que deben mirar los pibes de las inferiores; así también se aprende.

¿Una última sensación? A Banfield, sí a Banfield, si quiere seguir en la Libertadores, River deberá jugarle cuidando los detalles tácticos de marras. Enfrente tendrá un equipo muy ordenado y un técnico, Julio César Falcioni, muy bicho.

Lo de Boca fue casi de taquito. El Mellizo Guillermo sigue en sintonía con el gran jugador que fue y que está en condiciones de reencontrar. ¿Y Palacio? Que no sea una estrella fugaz, ojalá que no. Cuando Boca pone en marcha su mística copera parece un elefante: tarda en arrancar. ¿Y lanzado es imparable? Ahora viene la prueba de fuego, Chivas de Guadalajara es mucho más que este feísimo equipo de Junior de Barranquilla que pasó por Buenos Aires.

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