Lunes 28 de octubre de 2002
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  PURO FUTBOL
Un 10 redondo para Delgado
POR NATALIO GORIN



Es obligación de Boca (y viceversa), por ley del fútbol. Primero ser campeón, y si no es posible, arruinarle la misma ambición a River, su eterno rival. El 2-1 cumplió con todos los requisitos, porque un rato después, ya con ocho puntos de ventaja, Independiente anunciaba los fastos de su título inminente. El pueblo de Boca aún goza un premio extra: la victoria tiene perfume a robo; en la cancha, en especial en el segundo tiempo, River había sido superior. Pero este juego tiene esa fascinante y bella particularidad: lo que se hace en 80 metros hay que concretarlo en los 20 finales, en el área y en el arco de enfrente; lo que suele llamarse eficacia.

Boca tuvo un jugador símbolo, Marcelo Delgado, no sólo por los dos goles sino por su presencia en el juego; elogiable hasta por sus afanes en la recuperación de la pelota. Puestos en la obligación de calificar sería un 10 redondo. La metamorfosis de Delgado (29 años) en este Apertura 2002 tampoco es nueva en el fútbol; hay miles de ejemplos parecidos, jugadores que a esa edad o parecida asumen responsabilidades en el equipo, alcanzando liderazgos naturales.

Claro que todo tiene su final: hay plazos que no se renuevan. Es el caso de David Comizzo, un buen arquero hoy en el ocaso de su carrera. Tuvo una participación en el clásico que podría dibujarse en la misma proporción y en exacta línea inversa en cuanto a lo dicho sobre Delgado. En los dos goles del Chelo le caben duras culpas. Fue tan torpe el gol de tiro libre, que en el primer intento chocaron, sin tocar la pelota, Delgado e Ibarra. Por eso pudo ir el Chelo otra vez al remate. La posición era ideal para un zurdo, pero como Boca no tiene, del barullo salió un tiro de compromiso de un diestro, Delgado, por sobre la barrera. Comizzo tenía que haberla parado con el pecho, pero se había ido hacia al palo izquierdo, es decir abandonó su posición. Un disparate conceptual: la única manera que tenía un derecho para sorprenderlo era un toque de billar por afuera de la barrera, pero para eso no alcanza un Delgado, hay que llamarse, al menos, Maradona. Nunca se entenderá el accionar de Comizzo. Sí podría explicarse el segundo —un remate lejano— en los reflejos que a los 40 años empiezan a extinguirse; la pelota llegó como un balazo pero pasó muy cerca de él.

Y así fue que Boca se quedó festejando en el Monumental, mientras en Avellaneda empezaban a descorchar champaña. Pero ésta es otra historia, independiente del clásico...

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